Marchando una de cuentos

El proverbio que utilicé en mi anterior entrada Dime qué blogeas y te diré cómo eres viene de una recoplicación de cuentos escrita por Jorge Bucay(Psicoterapeuta y escritor de libros de autoayuda) en su libro “Dejame que te cuente…”. Por mis manos sólo ha pasado este libro pero sé que cuenta con otros libros similares, espero [...]

El proverbio que utilicé en mi anterior entrada Dime qué blogeas y te diré cómo eres viene de una recoplicación de cuentos escrita por Jorge Bucay(Psicoterapeuta y escritor de libros de autoayuda) en su libro “Dejame que te cuente…”. Por mis manos sólo ha pasado este libro pero sé que cuenta con otros libros similares, espero poder leerlos pues el único que he leido me parece muy bueno.

Me apetecía compartir con vosotros el cuento de donde extraje ese proverbio y que así podais sacar vuestras propias conclusiones.

Había una vez una pata que había puesto cuatro huevos…
Mientras los empollaba, un zorro atacó el nido y la mató.
Por alguna razón no llegó a comerse los huevos antes de huir, pero estos quedaron abandonados en el nido.
Una gallina clueca que pasó por allí, encontró el nido sin cuidados y su instinto la hizo sentarse sobre los huevos para empollarlos.
Poco después nacieron los patitos y, como era lógico, tomaron a la gallina como su madre y caminaron en fila tras ella.
La gallina contenta con su nueva cría, los llevó hasta la granja.
Todas las mañanas después del canto del gallo, mamá gallina rascaba el pico y los patos se esforzaban por imitarla. Cuando los patitos no conseguían arrancar de la tierra un mísero gusano, la mamá sacaba para todos sus polluelos, partía cada lombriz en pedazos y alimentaba a sus hijos en sus propios picos.
Un día, como otros, la gallina salió a pasear con su nidada por los alrededores de la granja. Sus pollitos, disciplinadamente, la seguían en fila.
Pero de pronto, al llegar al lago, los patitos de un salto se zambullieron con naturalidad en la laguna, mientras la gallina cacareaba desesperada pidiéndoles que salieran del agua.
Los patitos nadaban alegres chapoteando y su mamá saltaba y lloraba temiendo que se ahogaran.
El gallo apareció atraído por los gritos de la madre y se percató de la situación.
- No se puede confiar en los jóvenes – fue su sentencia – son unos imprudentes.
Uno de los patitos que escuchó al gallo, se acercó a la orilla y les dijo:
- No nos culpen a nosotros por sus propias limitaciones.

No pienses que la gallina estaba equivocada.
No juzgues tampoco al gallo.
No creas a los patos prepotentes y desafiantes.
Ninguno de los personajes está equivocado, lo que sucede es que ven la realidad desde diferentes puntos de vista.
El único error, casi siempre, es creer que el punto de vista en que estoy, es el único desde el cual se divisa la verdad.


     

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