En este mundo no sólo vale con ser un buen profesional, si no que también hay que parecerlo, aparentar y convencer a la gente de esa supuesta profesionalidad.
Atendiendo a esta idea de profesional podemos encontrarnos con una curiosa variante. Aquella persona que NO siendo profesional lo aparenta, aquel que interpone una falsa máscara ante su [...]
En este mundo no sólo vale con ser un buen profesional, si no que también hay que parecerlo, aparentar y convencer a la gente de esa supuesta profesionalidad.
Atendiendo a esta idea de profesional podemos encontrarnos con una curiosa variante. Aquella persona que NO siendo profesional lo aparenta, aquel que interpone una falsa máscara ante su verdadera persona y hace creer al resto lo que no es. Por lo general son gente con mucha labia, con “don de gentes” que te regalan el oido y te convencen de una falsa realidad. Seguro que muchos de nosotros lo hemos sufrido en nuestras propias carnes, confiamos en las personas y nos dejamos llevar por las primeras impresiones. Y es que muchas veces nos es imposible ver más alla de lo que la persona quiere que veamos de él, de esa imagen particular que él mismo ha creado específicamente para nosotros tratando así llevarse el pez al agua.
La imagen en esta vida es muy importante. Aún recuerdo las recurrentes conversaciones con mis compañeros de universidad y que amenizaban nuestros horarios de comida. Ellos defendían a capa y espada que hoy en día, es imprescindible ir a una entrevista de trabajo con traje, yo estaba en el bando contrario. Es verdad que cuando vamos a una entrevista todos queremos ser los mejores, dar la mejor imagen posible para obtener dicho puesto. En realidad lo que buscamos es aparentar, ser otra persona mejor de la que somos, baja autoestima, podríamos decir, pues necesitamos escondernos detras de un traje de Hugo Boss o hecho a medida para sentirnos un profesional, como si nuestra presencia y discurso no fuera suficiente para obtener aquel trabajo.
Es cierto que cuando estás en el lado contrario, aquel que tiene que contratar, hay pocas opciones a lo que aferrarse a la hora de juzgar el candidato idóneo. Yo mismo he pecado muchas veces de juzgar a una persona por su aspecto físico, la propia sociedad en la que nos encontramos y las experiencias propias nos llevan a interiorizar determinadas situaciones y generalizarlas y eso, en mi opinión, es peligroso. Que lleve traje o que diga lo que queremos oir no significa que sea un profesional y que sea mejor opción que aquel que lleva un piercing en el labio. El problema de todo esto es que uno no se da cuenta de su error hasta que tratas día a día con la persona, es entonces cuando podemos concluir si esa persona es un profesional o simplemente aparentó serlo durante ese primer encuentro y por lo tanto nos vendió la moto.
Si yo tuviese que identificarme en una categoría sin dudarlo sería en la categoría restante: aquella en la que uno es o intenta siempre ser un profesional pero no lo aparenta. En mi vida me he puesto un traje, ni siquiera tengo uno y eso no significa que sea menos profesional. Cuando se trata de trabajo siempre prefiero un trato cercano y abierto, como si estuviera con mis amigos, soy de los que piensan que los resultados son mejores cuando se relaja un poco el ambiente estricto y frialdad de las grandes corporaciones, todos somos humanos nos gusta que nos traten bien y está demostrado que trabajamos mejor con un ambiente propicio y en el que estamos a gusto. Como siempre digo pasamos la mayor parte de nuestra vida trabajando y sería un error no disfrutarlas o al menos que fueran agradables.
Con todo esto no quiero decir que nunca en mi vida me pondré un traje ni que intente aparentar ser mejor de lo que soy. Seguramente lo haré, y lo haré muchas veces, aunque no sea mi estilo, pues esta sociedad en la que vivimos, por desgracia, lo requiere.
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